viernes, 6 de mayo de 2011

MELA

Mela era una perra beige, grande y de pelo corto. "Una perra basta" decía la señora Elvira. La habían encontrado no sé donde y vivía- cuidaba el patio de la casa del señor Juan, que era un gran solar polvoriento y vacío donde por las noches guardaban buses urbanos. "Coochofal" "Coolitoral" "Transalfa" y "Puerto Colombia" fueron de las primeras cosas que aprendí a leer porque como mi mamá trabajaba me dejaba la tarde entera en el patio de la señora Elvira inventándome muñecas con Janina la nieta venezolana de dientes podridos, Janina tenía una historia triste que yo entendía con tristeza de niña, su mamá la había dejado desde muy pequeña al cuidado de los abuelos, supongo que los dientes ya los traía negros cuando la entregó su mamá.

La perra se llamaba Mela, porque así se podían burlar siempre: mela- comieron, mela- escondieron, mela- pelaron. Todo con vulgaridades, porque de eso se trataba.
La vida pasaba entera en ese patio, desde el enjambre de caballitos del diablo, las galletas de chocolate empaquetadas en papel brillante con estrellas que nunca más volvieron a vender, la sopa fría y sin sabor del medio día. Los peinados de los años 90 que me hacía mi mamá y que yo me desbarataba cuando cruzaba la esquina. Lejos todo, también la muda que se entendía perfectamente a señas. Sofía, la loca que tenía piojos y por eso tenía prohibido jugar conmigo. Narcizo, el panadero feo que hacia deditos de bocadillo. Una que se me olvida el nombre, que tenía un baño en el patio que era un monte lleno de espejos. La mona con quien aprendí a jugar a contar esporas a contraluz. Ya pasaron como 20 años...

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