La perra se llamaba Mela, porque así se podían burlar siempre: mela- comieron, mela- escondieron, mela- pelaron. Todo con vulgaridades, porque de eso se trataba.
La vida pasaba entera en ese patio, desde el enjambre de caballitos del diablo, las galletas de chocolate empaquetadas en papel brillante con estrellas que nunca más volvieron a vender, la sopa fría y sin sabor del medio día. Los peinados de los años 90 que me hacía mi mamá y que yo me desbarataba cuando cruzaba la esquina. Lejos todo, también la muda que se entendía perfectamente a señas. Sofía, la loca que tenía piojos y por eso tenía prohibido jugar conmigo. Narcizo, el panadero feo que hacia deditos de bocadillo. Una que se me olvida el nombre, que tenía un baño en el patio que era un monte lleno de espejos. La mona con quien aprendí a jugar a contar esporas a contraluz. Ya pasaron como 20 años...
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