LA TERE TIENE HOY 45 AÑOS QUE PARECEN 54. TIENE LA NARIZ TORCIDA HACIA EL LADO IZQUIERDO DE SU CARA Y UNA MANDÍBULA MAS PROMINENTE QUE LA PUNTA DE SU SUSODICHA NARIZ. NO SE QUEDÓ SOLTERA DE MILAGRO, NO TANTO POR LO FEA SINO PORQUE NUNCA SE JUNTABA CON LAS DE SU EDAD SINO QUE BUSCABA LA COMPAÑÍA DE LAS MÁS VIEJAS Y LOS AÑOS MAS LUSTROSOS SE LE FUERON JUGANDO CON LA BARAJA ESPAÑOLA EN EL BAR SOL DE LA PLAZA DE CABEZUELA. 10 AÑOS DESPUÉS DE SU BODA CAMINO POR EL CAMINO VERDE JUNTO A ELLA Y SU MARIDO SANTI (QUE PARECE UN GNOMO) LES ANIMO A QUE ME CUENTEN COMO SE CONQUISTARON. LA TERE HABLA ATROPELLADAMENTE SOBRE UNAS FLORES Y UNA LLAMADA TELEFÓNICA, DEL NACIMIENTO DEL PEQUEÑO JAIME QUE CASI LA MATA "AY MADDREEEE!".
AL LLEGAR AL PORTAL DE SU CASA SANTI LE DA UNA PATADA EN EL CULO A TERE "SI YO A ESTA LA HUBIERA CONOCIDO ANTES..."
carasucia
Carasucia es un personaje de novela venezolana; una rubia ojiazul de cara mugre, que nunca entendía lo que pasaba porque veía la gente y el mundo “particularmente”, era tonta... también hereda una gran fortuna y se venga del mundo aunque sigue boba. Yo tampoco me lavo la cara y por cosas de la vida me encuentro viajando por el mundo. Este es mi diario de cosas que no importan, veamos que pasa conmigo. ¿me civilizaré? ¿optaré por prescindir de mi caribeño acento para parecer de mejor familia?
miércoles, 4 de septiembre de 2013
martes, 27 de marzo de 2012
Simón
Me sorprende saber que te casaste. ¿Cómo se llama? -si xxx te quiere truenate este dedito-. Era la maga quien decía que el tiempo es un bicho que anda y anda... ni modo que tu fueras todavía Simón, que yo usase todavía aquella blusa rosada. Ni modo que no extrañe ese año de mi vida, ni modo tu- ni modo yo. Ni modo.
Yo estoy viviendo con mi novio, esta mañana hablamos de cuentas, y nos enojamos sin decir palabras. Desayuné sola y cuando se fue no se despidió. Barrí la casa entera y me sentí feliz, no desesperada, ni culpable, ni atacada, ni nada malo, simplemente feliz, también tranquila.
Tu eres el mago Simón.
martes, 17 de mayo de 2011
Pequeñas tragedias
Metí a lavar el sobrecama con alguna otra prenda sucia: la blusa de una pijama de flores, ropa interior, camisillas de franela. Y todo, todo ha quedado verde, como 7 tonos abajo del cubrecama, precisamente del tono de verde que más detesto... el verde pistacho aguado con pintura de mala calidad, el verde de pobre.
viernes, 6 de mayo de 2011
MELA
Mela era una perra beige, grande y de pelo corto. "Una perra basta" decía la señora Elvira. La habían encontrado no sé donde y vivía- cuidaba el patio de la casa del señor Juan, que era un gran solar polvoriento y vacío donde por las noches guardaban buses urbanos. "Coochofal" "Coolitoral" "Transalfa" y "Puerto Colombia" fueron de las primeras cosas que aprendí a leer porque como mi mamá trabajaba me dejaba la tarde entera en el patio de la señora Elvira inventándome muñecas con Janina la nieta venezolana de dientes podridos, Janina tenía una historia triste que yo entendía con tristeza de niña, su mamá la había dejado desde muy pequeña al cuidado de los abuelos, supongo que los dientes ya los traía negros cuando la entregó su mamá.
La perra se llamaba Mela, porque así se podían burlar siempre: mela- comieron, mela- escondieron, mela- pelaron. Todo con vulgaridades, porque de eso se trataba.
La vida pasaba entera en ese patio, desde el enjambre de caballitos del diablo, las galletas de chocolate empaquetadas en papel brillante con estrellas que nunca más volvieron a vender, la sopa fría y sin sabor del medio día. Los peinados de los años 90 que me hacía mi mamá y que yo me desbarataba cuando cruzaba la esquina. Lejos todo, también la muda que se entendía perfectamente a señas. Sofía, la loca que tenía piojos y por eso tenía prohibido jugar conmigo. Narcizo, el panadero feo que hacia deditos de bocadillo. Una que se me olvida el nombre, que tenía un baño en el patio que era un monte lleno de espejos. La mona con quien aprendí a jugar a contar esporas a contraluz. Ya pasaron como 20 años...
Chuy
Mide como 1.85, tiene bigote típico mexicano, siempre usa camisilla negra rota, está lleno de tatuajes, el pelo largo y lustroso y una gorra desteñida. A veces también tiene un palillo en la boca.
En México como en Colombia la gente se las apaña como puede, por eso hay gente en los semáforos, hay venta de tacos en cada esquina de la ciudad y piden dinero en mi puerta 4 veces al día diferentes personas con el mismo rostro de desamparo. Chuy hace parte del gremio de los franeleros, como su nombre lo indica, con una franela le abren el paso a conductores de todas las índoles. Los franeleros son los encargados de conseguir aparcamiento en la calle, de cuidar el automóvil y a cambio unos cuantos pesos mexicanos. Yo creo que Chuy, cada vez que recibe alguna moneda se va de una a comprar tacos al puesto ambulante que está en la esquina, eso explicaría lo del palillo. Aunque siempre tengo la impresión de que no le dan nada porque nunca lo he visto ayudar a nadie con su carro, a veces se queda sentado en las bancas del parque con las nalgas en la silla y las piernas abiertas casi tocando el suelo, las manos entrelazadas sobre la cabeza, silbando y el palillo de dientes asomándose cuando vocifera "ay mi reina, cuando me vas a dar una miradita." Prometo que antes de irme no solo le daré una mirada sino que me quedaré conversando con él. ¿Chuy, porqué siempre tienes tanta hambre en los ojos?
domingo, 17 de abril de 2011
Carta a mi director de tesis en Guadalajara
Cómo está profesor Sergio?
Yo muy bien... bueno, adaptándome. Le cuento que ya hice las lecturas correspondientes a la cuestión del realismo mágico, en este momento me encuentro tratando de acuñar lo aprendido al trabajo y tratando de llenar espacios en los otros puntos, ahora sí sacando lo que tenia que ver con Manuel Lopes.
Profe yo sé que voy lenta y que no conviene pero he estado pasando por una crisis creativa increíble, como usted sabe yo vine únicamente a lo de la tesis, de manera que si no me dedico a eso mis horas se quedan vacías lo que repercute en depresión y cero ganas de trabajar... por eso decidí tomarme un tiempito para tomar aire y renovar energías, eso significa que me voy a hacer un viaje de bajo presupuesto por México para consentir a mis neuronas y retomar el trabajo con toda la energía que merece. Le agradezco de nuevo su apoyo, espero estar de vuelta en 10 días.
Muchas gracias y le aseguro que después de esto seré otra (más aplicada, más productiva!)
jueves, 31 de marzo de 2011
Hace un año
Mañana es mi cumpleaños.
Hace exactamente un año tomé un tren desde Governador Valadares en Minas Gerais para ir a Vitoria.
Acababa de volver de Francia, me acababa de mudar al segundo pido de una casa vacía donde se escuchaban ajetreos de fantasmas y estaba triste. De manera que me enbarqué en un viaje a solas hacia el interior de Brasil. Al primer lugar me acompañó José Manuel, un samario buena gente que me reconoció como colombiana en Sao Paulo por la mochila arhuaca y me preguntó en mal portugues "desculpa ey, donde voce comprou essa coisa?" y yo "ay niño, en el mismo lugar que tu, ve" desde entonces fuimos amigos. Le gorreaba internet y jamón en su casa y hablabamos costeño todo el día.
Cuando el día del viaje fuí a verle para dejar mi computador en manos confiables, me miró con cara de perro "¿será qué voy contigo?" y yo: "¡eche, sí!" y se vino.
Llegamos tarde a Belo Horizonte y una manada de maleantes nos miraban con cara de pocos amigos, Josema estaba más asustado que yo. Nos metimos en el primer hotel que vimos, que resultó ser un lugar de pasillos verdes con luces rojas y nuestra habitación un chiquero de cama de cuero en forma de corazón y espejos alrededor del cuarto. Tambien tenía una ventana a la calle repleta de gamines y un baño sin enchapar con dos pares de chancletas de plástico. A saberse unas para él y otras para mí.
A la mañana siguiente nos fuimos a comernos Belo Horizonte, parabamos en todos los puestos callejeros a comer lo que vendiesen. Los mineros tienen un sazón inigualable para la comida. Luego ya un poco ebrios en una tienda de esquina con una botella de cerveza en la mano nos pusimos a cantar canciones de Diomedes Diaz, le compramos unas pulseras a un hippie con hambre que pasó vendiendio y nos hicimos regalos mutuos.
De todas formas, o "tristemente" - como dicen los brasileros hipócritas que no te quieren hacer ningún favor- el solo estuvo dos dias, tenía que volver a Sao Paulo para seguir encerrandose en el laboratorio con ranas de la facultad de Biologia, que a eso había venido a Brasil.
Yo seguí mi viaje, porque Belo Horizonte en realidad no es nada belo sino feo. Tomé un tren hasta el infinito y más allá, me enbarqué en tercera clase con gallinas y niños moquientos y cerré mis ojos. El viaje era bello. No tenía certeza acerca de donde me iba a bajar. sabía que quería hacer una parada en algún pueblito pintoresco, quedarme unos días y seguir hasta Vitoria, donde estaba el mar.
No voy a hablar del camino porque no tengo vocabulario ni en portugués ni en español, espero que baste con decir que fuí feliz y que la cara de todos brillaba, porque además millones de particulas de un mineral que se llama mica flotaba en el aire y se metía por todos los huecos del tren, que viajaba de ventanas abiertas para los mas pobres.
Me bajé en Governador Valadares. En Brasil las chicas no viajan solas nunca y me hecharon de un par de hoteles... "¿niña y tu cuantos años tienes? ¿no te habrás escapado de tu casa?" Al final me recogio George, - gorgi, en portugues castizo- un mineiro de lo más auntentico, tenía mi edad y trabajaba de mesero en el tren, me reconoció en las calles por la mochila de viaje que el había estado a punto de pisar un par de veces en el tren y se ofreció a ayudarme. Me consiguió un buen hotel; barato y limpio, con una azotea que daba a las montañas y me iba a buscar todas las tardes para llevarme a pasear. Una tarde me llevo a su favela en bicicleta, subimos una escalera de un kilometro para llegar adonde vivía su familia y entonces retorne a mis épocas del barrio La Nieves en Barranquilla. Algunas casas eran de bahareque y otras de cemento. Entramos a una, la casa de una prima suya de la que se me escapa el nombre: una negra monumental con un barrigón más grande que su cabeza, con los pelos de concha de coco revueltos y un vaso de jugo de aracajú helado en la mano.
Y fueron amables y generosos, me sentí en mi tierra. De la nevera, que estaba en la sala salían uno detrás de otro vasos y vasos de jugo frío, tenían un equipo de sonido enorme donde se tocaban canciones de moda "voce nao vale nada, mas eu gosto de voce..." jajaja. Nos reíamos y se les fue quitando el miedo de mí, tan blanca, tan extranjera. Y por una suerte de identificación que no podría describir ellos y yo nos dimos cuenta de que eramos lo mismo.
Y así me fueron paseando por la calle, donde, al contrario de todos los lugares que yo había conocido en cualquier ciudad de Brasil, las señoras se sentaban a echarse fresco y a chismocear en la puerta de la casa todas las noches. Y las niñas, despeinadas todas, corrían de esquina a esquina en una versión del "ato, ato, materile, rile, ro" ¿y tú, qué vienes a buscar? nada, estoy paseando, conociendo. ¿Y este pueblo si te gusta, materile rile ro? me siento como en mi casa, rire, rire, rire, ro.
Las niñas pararon el juego y se quedaron escuchandome hablar, se pasaban secretos unas a otras y una pequeña salió corriendo a buscar un libro. ¿Puedes leerlo? El libro estaba en Inglés, no sé como llego un libro así allá. Pero era un desfile de colores y dibujos que hablaba del osito Mike que gustaba de andar en bicicleta y de comer bananas y ellas contentas se aprendían mi traducción y hoy las imagino allá repitiendo lo que se acuerdan, iventandose los espacios en blanco.
Luego me fuí a Vitoria y fuí triste, para qué decir que el camino de mar del litoral y montañas con formas de animales me alegraron si la verdad es que cumplir años me pone pensativa. Nadie pudo llamarme porque no tenía telÉfono y nadie sabía donde estaba ni como llegar a mí. Nadie. Dormí en un hotel malo después de un desagradable episodio con George que se sintió mi papá en Vitoria, enojado y regañón porque no encontraba hotel, no quería dejarme sola buscando mi propia suerte. Le dije un par de verdades mal dichas y me fuí. Por eso y por conversaciones ciberneticas con mi mamá, con mi novio, con amigos lejanos, estaba triste. El primero de abril de 2010 me levanté de una cama de hotel barato y me fuí a la ducha a llorar. Todo bien, que no hay nada que el agua no se lleve, le pedía a Yemanjá.
Me fui a la ciudad y llegué al mar. Una playa de conchas blancas y barcos de carga a lo lejos. El agua estaba fría pero linda. Un hombre pescaba con sus hijos desde la orilla y chicos de cuerpos bellos caminaban de un lado a otro de la playa. Entonces recogí una concha por cada persona que quería que estuviese conmigo y los puse alrededor mío. Fue una fiesta. Y ahora a medida que los voy encontrando le doy su vaina a cada uno.
Hace exactamente un año tomé un tren desde Governador Valadares en Minas Gerais para ir a Vitoria.
Acababa de volver de Francia, me acababa de mudar al segundo pido de una casa vacía donde se escuchaban ajetreos de fantasmas y estaba triste. De manera que me enbarqué en un viaje a solas hacia el interior de Brasil. Al primer lugar me acompañó José Manuel, un samario buena gente que me reconoció como colombiana en Sao Paulo por la mochila arhuaca y me preguntó en mal portugues "desculpa ey, donde voce comprou essa coisa?" y yo "ay niño, en el mismo lugar que tu, ve" desde entonces fuimos amigos. Le gorreaba internet y jamón en su casa y hablabamos costeño todo el día.
Cuando el día del viaje fuí a verle para dejar mi computador en manos confiables, me miró con cara de perro "¿será qué voy contigo?" y yo: "¡eche, sí!" y se vino.
Llegamos tarde a Belo Horizonte y una manada de maleantes nos miraban con cara de pocos amigos, Josema estaba más asustado que yo. Nos metimos en el primer hotel que vimos, que resultó ser un lugar de pasillos verdes con luces rojas y nuestra habitación un chiquero de cama de cuero en forma de corazón y espejos alrededor del cuarto. Tambien tenía una ventana a la calle repleta de gamines y un baño sin enchapar con dos pares de chancletas de plástico. A saberse unas para él y otras para mí.
A la mañana siguiente nos fuimos a comernos Belo Horizonte, parabamos en todos los puestos callejeros a comer lo que vendiesen. Los mineros tienen un sazón inigualable para la comida. Luego ya un poco ebrios en una tienda de esquina con una botella de cerveza en la mano nos pusimos a cantar canciones de Diomedes Diaz, le compramos unas pulseras a un hippie con hambre que pasó vendiendio y nos hicimos regalos mutuos.
De todas formas, o "tristemente" - como dicen los brasileros hipócritas que no te quieren hacer ningún favor- el solo estuvo dos dias, tenía que volver a Sao Paulo para seguir encerrandose en el laboratorio con ranas de la facultad de Biologia, que a eso había venido a Brasil.
Yo seguí mi viaje, porque Belo Horizonte en realidad no es nada belo sino feo. Tomé un tren hasta el infinito y más allá, me enbarqué en tercera clase con gallinas y niños moquientos y cerré mis ojos. El viaje era bello. No tenía certeza acerca de donde me iba a bajar. sabía que quería hacer una parada en algún pueblito pintoresco, quedarme unos días y seguir hasta Vitoria, donde estaba el mar.
No voy a hablar del camino porque no tengo vocabulario ni en portugués ni en español, espero que baste con decir que fuí feliz y que la cara de todos brillaba, porque además millones de particulas de un mineral que se llama mica flotaba en el aire y se metía por todos los huecos del tren, que viajaba de ventanas abiertas para los mas pobres.
Me bajé en Governador Valadares. En Brasil las chicas no viajan solas nunca y me hecharon de un par de hoteles... "¿niña y tu cuantos años tienes? ¿no te habrás escapado de tu casa?" Al final me recogio George, - gorgi, en portugues castizo- un mineiro de lo más auntentico, tenía mi edad y trabajaba de mesero en el tren, me reconoció en las calles por la mochila de viaje que el había estado a punto de pisar un par de veces en el tren y se ofreció a ayudarme. Me consiguió un buen hotel; barato y limpio, con una azotea que daba a las montañas y me iba a buscar todas las tardes para llevarme a pasear. Una tarde me llevo a su favela en bicicleta, subimos una escalera de un kilometro para llegar adonde vivía su familia y entonces retorne a mis épocas del barrio La Nieves en Barranquilla. Algunas casas eran de bahareque y otras de cemento. Entramos a una, la casa de una prima suya de la que se me escapa el nombre: una negra monumental con un barrigón más grande que su cabeza, con los pelos de concha de coco revueltos y un vaso de jugo de aracajú helado en la mano.
Y fueron amables y generosos, me sentí en mi tierra. De la nevera, que estaba en la sala salían uno detrás de otro vasos y vasos de jugo frío, tenían un equipo de sonido enorme donde se tocaban canciones de moda "voce nao vale nada, mas eu gosto de voce..." jajaja. Nos reíamos y se les fue quitando el miedo de mí, tan blanca, tan extranjera. Y por una suerte de identificación que no podría describir ellos y yo nos dimos cuenta de que eramos lo mismo.
Y así me fueron paseando por la calle, donde, al contrario de todos los lugares que yo había conocido en cualquier ciudad de Brasil, las señoras se sentaban a echarse fresco y a chismocear en la puerta de la casa todas las noches. Y las niñas, despeinadas todas, corrían de esquina a esquina en una versión del "ato, ato, materile, rile, ro" ¿y tú, qué vienes a buscar? nada, estoy paseando, conociendo. ¿Y este pueblo si te gusta, materile rile ro? me siento como en mi casa, rire, rire, rire, ro.
Las niñas pararon el juego y se quedaron escuchandome hablar, se pasaban secretos unas a otras y una pequeña salió corriendo a buscar un libro. ¿Puedes leerlo? El libro estaba en Inglés, no sé como llego un libro así allá. Pero era un desfile de colores y dibujos que hablaba del osito Mike que gustaba de andar en bicicleta y de comer bananas y ellas contentas se aprendían mi traducción y hoy las imagino allá repitiendo lo que se acuerdan, iventandose los espacios en blanco.
Luego me fuí a Vitoria y fuí triste, para qué decir que el camino de mar del litoral y montañas con formas de animales me alegraron si la verdad es que cumplir años me pone pensativa. Nadie pudo llamarme porque no tenía telÉfono y nadie sabía donde estaba ni como llegar a mí. Nadie. Dormí en un hotel malo después de un desagradable episodio con George que se sintió mi papá en Vitoria, enojado y regañón porque no encontraba hotel, no quería dejarme sola buscando mi propia suerte. Le dije un par de verdades mal dichas y me fuí. Por eso y por conversaciones ciberneticas con mi mamá, con mi novio, con amigos lejanos, estaba triste. El primero de abril de 2010 me levanté de una cama de hotel barato y me fuí a la ducha a llorar. Todo bien, que no hay nada que el agua no se lleve, le pedía a Yemanjá.
Me fui a la ciudad y llegué al mar. Una playa de conchas blancas y barcos de carga a lo lejos. El agua estaba fría pero linda. Un hombre pescaba con sus hijos desde la orilla y chicos de cuerpos bellos caminaban de un lado a otro de la playa. Entonces recogí una concha por cada persona que quería que estuviese conmigo y los puse alrededor mío. Fue una fiesta. Y ahora a medida que los voy encontrando le doy su vaina a cada uno.
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